El fin de Egipto: La decadencia de los Ptolomeos

En el año 331 a. de C. Alejandro Magno había conquistado totalmente Egipto. No fue una campaña violenta, más bien se caracterizó por una escasa resistencia a su ocupación.

Egipto pertenecía al Imperio persa, aunque la población nunca se sintió ligada a este inmenso reino. De esta manera, Alejandro no encontró ninguna resistencia. A esto habría que sumar que había logrado obtener el apoyo de las clases dirigentes autóctonas del país, lo que facilitó su anexión al gran imperio que estaba gestando en esos momentos.

Ese mismo año también va a conocer dos hechas de trascendental importancia. El rey macedonio funda en el delta del Nilo, a orillas del Mediterráneo, la ciudad de Alejandría, como balaustre defensivo y punto de unión con las redes comerciales desarrolladas a través del río. También visita el santuario de Amón en el oasis de Siwa. Él mismo se encarga de hacer correr la voz de que el dios egipcio le había comunicado que le reconocía como su propio hijo. A partir de este momento Egipto se ve envuelto en todo el mundo helenístico que dominará los siglos posteriores de la historia del Mediterráneo oriental y Asia Menor.

A la muerte de Alejandro, sus distintos generales acuerdan la división y reparto del vasto imperio que abarcaba desde Grecia hasta el valle del Indo. Dentro de esta división, Ptolomeo asumió los destinos del país del Nilo, inaugurando una nueva época que se encuadra dentro de la llamada monarquía lágida. A partir de entonces, con mayor fortuna en principio, sus descendientes regirán los destinos de Egipto en una curiosa historia jalonada por violentos enfrentamientos que desembocarían en la disolución de Egipto como reino autónomo y su posterior asimilación al poder romano.

el fin de Egipto

En principio, Ptolomeo I (283 – 246 a. de C) y su sucesor, Ptolomeo II (246 – 221 a. de C.), hicieron valer el poder marítimo de Egipto en la cuenca oriental del Mediterráneo. Los enfrentamientos con los Antigónidas, la dinastía reinante en la Grecia peninsular, se resolvieron favorablemente para los lágidas. De la misma manera, Ptolomeo II consiguió derrotar a los seleúcidas, la dinastía que gobernaba Asia, y mantener el control egipcio sobre Siria y Palestina. Estas bases permitieron la instauración de la llamada talasocracia lágida. Los egipcios controlaron el comercio marítimo del mar Egeo y del Mediterráneo oriental durante todo el siglo III a. de C.

Según diversos autores, la relación que los ptolomeos establecieron entre comercio y expansionismo militar es muy estrecha. Egipto se convirtió en uno de los principales países exportadores de trigo del momento. La economía interior se dirigió al establecimiento de unos sistemas de explotación que posibilitasen la obtención de abundantes excedentes agrícolas. Estos excedentes eran comerciados por todo el Mediterráneo, lo que permitió a los monarcas obtener importantes recursos financieros con los que mantener al ejército, a los mercenarios griegos y a una política exterior excesivamente agresiva.

Internamente, estos dos reinados también supusieron el establecimiento de nuevas estructuras y relaciones de poder. En la administración, se tendió hacia una progresiva centralización en torno a la ciudad de Alejandría, aunque manteniendo la división territorial clásica en provincias o nomos. El funcionariado civil en estos nomos tampoco varió su aspecto, aunque se introdujeron elementos militares que mantendrían la preponderancia de la población griega. Socialmente, la mayoría de la población estaba compuesta por elementos indígenas campesinos muy pobres, frente a unas clases sociales dominantes de origen griego a las que se sumarían los estamentos religiosos egipcios. Esta división provocaría fuertes tensiones sociales que desembocarían en numerosas revueltas indígenas frente al poder griego en los reinados posteriores.

egipto

En la economía, ya hemos comentado cómo el comercio exterior se orientaba especialmente a satisfacer las demandas militares de la política exterior. En el interior, el gran propietario era el monarca. Poseía gran cantidad de tierras cultivables que arrendaba a los campesinos, la práctica mayoría de la ganadería y la minería era de su propiedad, y obtenía importantes recursos de la venta de derechos de caza y pesca. En cuanto al comercio, se encontraba centralizado en torno a Alejandría. De esta ciudad salían las importantes rutas comerciales que abarcaban toda la cuenca mediterránea. Pero a su vez, era el centro a donde convergían las rutas africanas con gran diversidad de productos. No en vano, los monarcas lágidas mantuvieron una constante preocupación por mantener una intensa actividad comercial con África y con la zona del Mar Rojo.

La muerte de ptolomeo II supuso la lenta decadencia del Egipto helénico. Sus sucesores se vieron envueltos en constantes y terribles luchas dinásticas por el poder. Incluso, algunos historiadores han destacado la terrible perversión en la que decayó el reino egipcio. En muchos de los casos, estas luchas derivaron en largas guerras civiles en las que se entremezclaban las razones sociales o económicas con el simple deseo de poder los contendientes, casi siempre hermanos entre sí. Cuando los monarcas lágidas más se vieron inmersos en las formas egipcias (A partir de ptolomeo V, 204 – 181 a. de C., los reyes son coronados como faraones) la dinastía demostró su incapacidad de dirigir las riendas del país. Finalmente, sólo la intervención romana puso punto final a estas sangrientas luchas incorporando las tierras del Nilo al nuevo orden imperante, el romano.

La descomposición también fue social y económica. La administración egipcia pronto se vio enquistada debido a sus vicios internos. El excesivo poder de los funcionarios provocó que éstos asumieran excesivas cotas de poder que culminaron en el evidente desgaste de la administración y en la imposibilidad de regir adecuadamente los intereses internos del país. La tensión social también se vio desatada en esos momentos de inestabilidad. Las clases indígenas aumentaron la frecuencia de sus motines y rebeliones contra los griegos dominantes, mientras que una parte del clero fomentaba las prácticas xenófobas y ultra nacionalistas.

Antes que Egipto se colapsara en una grave situación interna, Roma intervino en la zona. Durante los siglos II y I a. de C. los romanos habían ido aumentando sus intereses en la zona del Mediterráneo oriental. Las debilitadas monarquías, como la de los lágidas, se vieron incapaces de hacer frente a los nuevos tiempos representados por el emergente poder de Roma.

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