La Vivienda
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La casa egipcia típica tenía (dependiendo del status económico y social de sus ocupantes) entre tres y diez habitaciones, (normalmente en línea unas detrás de otras), siendo habitual en ellas el número de cuatro: una entrada, (donde se recibían a las visitas y en la que se encontraba un pequeño altar dedicado a alguna divinidad de la fertilidad), un cuarto central, (en el que se desarrollaba la mayor parte de los acontecimientos de la vida cotidiana), una cocina, (lugar de preparación del sustento, la cual disponía de una salida de humos en el techo, aunque a veces las tareas para la que estaba dedicada podían llevarse a cabo alternativamente en un pequeño patio o en el tejado), y el dormitorio, (para el merecido descanso de sus moradores). Estas viviendas solían ser de una sola planta, y entre otros detalles adicionales podemos destacar estrechas aberturas a modo de ventanucos en la parte superior de los muros, (cuya misión era dejar pasar la luz del día pero no el polvo o el calor), una terraza, (que se orientaba siempre hacia el norte), aseos contiguos a los dormitorios, una bodega, (donde se guardaban las posesiones más importantes de la familia), un horno de ladrillos refractarios, (el cual era alimentado casi exclusivamente con excrementos secos de animales a veces mezclados con paja, combustible que tenía la ventaja de arder con facilidad, durante mucho tiempo, de forma limpia, y sin que despidiese malos olores), y un pozo de piedra, (de donde se obtenía el suministro de agua potable). El tejado era en general plano, (aunque en raras ocasiones se llegaron a construir inclinados), el suelo de tierra compactada, (estando por debajo del nivel de la calle, colocándose en él en una especie de hondonada un brasero con el que mitigar el frescor de las noches de invierno), y las fachadas solían pintarse de blanco. En cuanto a la iluminación la conseguían con pequeñas lámparas o copas de terracota alimentadas con aceite de oliva o ricino al que echaban un poco de sal con el fin de que no despidiese humo, aceite que ardía con una mecha confeccionada con lino, médula de papiro, o cáñamo, siendo sin embargo este un sistema no empleado con demasiada profusión, por cuanto tenían la costumbre de levantarse al alba y acostarse temprano con el fin de aprovechar al máximo las horas de luz solar.
Asimismo, como un complemento curioso a todo lo anterior citar que en algunas residencias existía también una dependencia especial en la que se encontraba el antecesor de nuestros hoy cotidianos y habituales retretes, el cual consistía básicamente en una especie de orificio delimitado por bloques de piedra o madera y que terminaba en un recipiente conteniendo arena que se renovaba todos los días. De cualquier modo, las casas, tanto las de los ricos como las de los pobres, acostumbraban a estar entremezcladas unas con otras, sin que existieran barrios que gozasen de una mayor o menor reputación, aunque eso sí, las ciudades solían estar circunscritas por un recinto amurallado. El mobiliario de que disponían era a la vez elegante y funcional. Como elemento imprescindible estaba la cama, que constaba de un marco de madera con un somier fijo realizado con cáñamo trenzado, y como complemento a ella, armarios, cofres, baúles, mesas y estantes, butacas, taburetes y asientos del más diverso tipo, (los cuales eran muchas veces elegantemente decorados grabando por ejemplo las patas en forma de cuello de pato o cigüeña y garras de león en los extremos), reposacabezas, cojines que solían ser de telas multicolores o de pieles como las de gacela, (y que los más sibaritas podían rellenar con plumón de tórtola), y multitud de esteras desplegadas por el suelo completando el conjunto.
Grandes amantes de la limpieza y la higiene, (antes de entrar en cualquier vivienda se lavaban tanto las manos como los pies), los egipcios tenían la costumbre de fumigar sus dependencias frecuentemente, tanto para la eliminación de olores desagradables, como para una natural desinfección, lo que permitió que a lo largo de toda su historia no se tenga constancia (salvo en algún caso muy puntual) que se vieran atacados por plagas importantes. Asimismo extremaban los cuidados para proteger sus residencias de toda clase de enemigos naturales, como aves de rapiña, insectos, roedores, lagartos o serpientes. De hecho, en el famoso Papiro Ebers se pueden encontrar diversas recetas para la erradicación de este tipo de desagradables intrusos. Dos últimos detalles sobre este tema son que a veces (cuando la necesidad así lo exigía) se compartía la casa con los animales, y que la evacuación de las aguas residuales y la eliminación de los desechos era algo que corría a cargo de las autoridades dedicadas a tal efecto, las cuales procedían a deshacerse de éstos últimos de la manera más práctica y efectiva: quemándolos. |
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| BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA | |||||||||
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Manuel Crenes |
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