Perfumes y Cosméticos
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Los componentes empleados en la composición de dichos elementos fueron muy dispares. Para los perfumes recolectaban una extensa variedad de flores que eran adecuadamente maceradas en aceites grasos de origen vegetal con el fin de extraer de ellas sus esencias. En los cosméticos usaban diversos minerales, tales como el óxido de hierro, el antimonio, la galena, o la malaquita: tras ser meticulosamente pulverizados, los mezclaban con agua hasta obtener con ello una pasta uniforme que aplicaban con los dedos, brochas, u otros sofisticados instrumentos. Las pomadas perfumadas se extraían de plantas como la mirra, el incienso y el terebinto, o de frutos como los dátiles. Así mismo no era raro el uso de grasas de animales, como las procedentes de hipopótamos o cocodrilos, y dos compuestos muy usados en gran cantidad de recetas eran la leche de burra y la miel. En concreto con esta última fabricaban una excelente crema de belleza mezclándola con polvo de alabastro, natrón y sal marina, crema que extendida por el rostro les servía para hacer desaparecer las pecas y espinillas. Para los ojos usaban un colorante llamado Kohol, (sulfuro de antimonio), que aparte de su función puramente estética (al resaltar el contorno de éstos), servía para protegerlos al tener el efecto de mitigar la fuerte intensidad de la luz solar al tiempo que actuaba como antiséptico. Y en cuanto al cabello solían llevarlo corto y liso, (aunque en algunas tumbas se han encontrado momias con el pelo rizado). Por este motivo, en las ocasiones especiales se adornaban con vistosas pelucas sobre las que colocaban unos conos de grasa perfumada, grasa que por efecto del calor iba derritiéndose lentamente extendiendo así el perfume por el cuerpo del portador. Complementando a todo lo anterior fabricaban igualmente multitud de otros compuestos para los más diversos fines: lociones que modificaban el color de la piel y evitaban que apareciesen los desagradables granos, aceites para masajes que como virtud suplementaria protegían de la formación de arrugas, desodorantes para el cuerpo, (de los que el Papiro Ebers anota varios), o pomadas y cremas para mantenerse delgados, reafirmar los músculos y el pecho, y cuidar la epidermis dotándola de una textura suave y elástica evitando que se resecase. Incluso tenían una especie de perfume llamado Kyphi, que no solo purificaban el aliento, (combatía la halitosis), sino que además lograba un agradable olor en la boca.
Entre las costumbres del mundo femenino relativas al uso de los componentes tratados podemos citar que una muy frecuente era colorear las palmas de las manos y de los pies, las uñas, e incluso el cabello, con un pigmento ocre-rojizo extraído de las hojas de la alheña, aunque por contra existen escasos indicios de que se pintaran los labios o las mejillas, si se exceptúa una imagen del llamado Papiro Erótico de Turín, en el cual como hecho curioso se ve a una prostituta haciéndolo. El maquillaje no era patrimonio exclusivo de las mujeres: también los hombres usaban a menudo tanto cosméticos como joyas o pelucas. En la tumba de Tutanjamón por ejemplo, se encontró una magnífica jarra de alabastro que contenía ungüentos para proteger la piel de los efectos del clima desértico. Por último citaremos que en el templo de Edfú existe una interesantísima cámara llamada Sala de los Perfumes, en la que sus cuatro paredes están plagadas de fórmulas de perfumes y cremas de belleza, (donde se exponen con todo detalle las instrucciones para prepararlos: ingredientes que eran necesarios, cantidades de cada uno de ellos, tiempo que necesitaban hervir...), algo que no tiene nada de extraño ya que además del uso habitual que daban las gentes a estos apreciadísimos productos, también se empleaban cotidianamente para fines litúrgicos, (y que llevaba a que cada templo tuviera su dependencia específica dedicada a su fabricación), pues se cuenta que una de las formas que tenían las divinidades de mostrar su presencia a los humanos era precisamente a través de "un perfume tan sutil que les hacían caer en éxtasis". Además, no se debe olvidar tampoco que el maquillaje, amen de un sentido puramente estético, podía de igual modo revestir funciones mágicas, religiosas, simbólicas y rituales, al punto de que uno de los requisitos imprescindibles en el viaje de los difuntos al Más Allá era el uso de los llamados Siete Óleos Sagrados. Como era de esperar, los lugares donde se manufacturaban esta clase de elementos eran protegidos por una deidad, Shesmu, a quien se consideraba Maestro de los Perfumes, y que fue venerado como patrón por los encargados de su fabricación a partir del Reino Nuevo. |
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| BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA | ||||||
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Manuel Crenes |
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Este trabajo fue publicado originalmente en la web "Egiptología Científica y Divulgativa". |