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Obelisco de Heliópolis erigido por Senusert I. Dibujo de Louis François Cassas |
Físicamente los obeliscos son monolitos con forma de paralelepípedo fino y alargado y coronados en su parte superior con una pequeña pirámide llamada
Piramidión, los cuales se asientan con firmeza sobre un basamento. En general estaban decorados con textos variados, (el emplazado actualmente en la Plaza de la Concordia de París, de la época de Ramsés II y que procede de Luxor, tiene por ejemplo unos 1.600 signos jeroglíficos), lo que no es óbice para que se hayan encontrado también anepígrafos, y según parece originalmente habrían sido recubiertos en parte o en su totalidad con elementos metálicos de una aleación compuesta fundamentalmente por oro y plata conocida como electro, motivo por el que algunos autores especulan que entre otros destinos
quizás pudieron haber servido como pararrayos, aunque su funcionalidad principal estaba mas en el terreno de lo simbólico que de lo práctico: representación de un rayo de sol petrificado, una forma de “palpar” el flujo vital entre el cielo y la tierra, o un canal de comunicación con los principios divinos. En cualquiera de los casos lo que sí se puede afirmar es que su erección se hacía en honor del dios Ra, (el Sol), por lo que asumían naturalmente de este sus características de estabilidad, permanencia, fuerza creadora, fertilidad y poder de renacimiento.
Conocidos con el nombre de
Tejen por los propios egipcios, ciertos investigadores actuales postulan que muchos fueron situados en zonas donde las "energías telúricas" de la tierra son destacables, de ahí que con ellos se haya establecido un evidente paralelismo con la erección de menhires en la prehistoria.
Construidos según se tiene constancia a partir de la V Dinastía, el mas antiguo sin embargo de los conservados procede del reinado de Senusert I, faraón del Reino Medio. Sus tamaños eran en general descomunales, teniendo corrientemente entre los 20 y los 30 metros de altura, pero pudiendo llegar hasta los 40, con un peso en algún caso superior a las 1.000 toneladas. De hecho, uno de los más famosos (y que por haber quedado inacabado aun puede verse in situ en su propia cantera de Assuán, lugar principal de procedencia de estas espectaculares “agujas”), tiene una longitud de nada menos que 42 metros, un hecho que ha llevado a diferentes autores a establecer notables desacuerdos sobre las posibles técnicas empleadas en su transporte y erección,
ya que mientras para unos resulta más que discutible por inverosímil la idea de que eran conducidos mediante un soporte de madera hasta el Nilo, y a continuación transportados en grandes embarcaciones de papiro y madera hasta su lugar de destino, otros por el contrario aportan cifras muy concretas sobre tales acontecimientos, señalizando por ejemplo que los dos primeros obeliscos que fueron levantados durante el reinado de la faraona Hatshepsut (con un tamaño entre ambos de 54 metros) habrían sido conducidos sobre trineos hasta un barco construido con madera de sicomoro y dirigido por 4 remos-timón, barco que con 90 metros de longitud era arrastrado por otros 27 navíos a los que impulsaban 864 remeros.
Con respecto a su ubicación, anotar que la mayoría eran emplazados en los templos más importantes, algunos en el interior, y otros colocados por parejas a ambos lados de la puerta de entrada, siendo el mas alto de entre todos los que aun subsisten en su asentamiento primigenio el erigido en el templo de Karnak por la citada Hatshepsut, un obelisco que tiene una altura de 33 metros, siguiéndole en dimensiones el colocado actualmente en la plaza de San Juan de Letrán de Roma, con 32,18 metros.
Lógicamente la forma de los obeliscos no solo se plasmó de manera ciclópea, sino que también los hubo en tamaños más pequeños empleados como adornos decorativos por ejemplo en las entradas de algunas tumbas.
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Donación de un par de obeliscos a Amon Ra por Hatshepsut. Bloque de la 'Capilla Roja'. Museo al Aire Libre de Karnak. XVIII Dinastía |
Elementos arquitectónicos muy apreciados tanto por sus propios constructores como por cuanto personaje tuvo el privilegio de contemplarlos tras viajar al país del Nilo y la Esfinge, durante siglos un buen número de ellos fueron arrancados de su lugar de origen con el fin de volver a erigirlos ornamentalmente en ciudades de diferentes países. Así, en época asiria el rey Asurbanipal hizo transportar una pareja hasta su reino, aunque en este caso más por motivos económicos que arquitectónicos, ya que dichos obeliscos habían sido mandados construir por Thutmosis III, pero no en piedra como era lo habitual, sino en el citado electro, un hecho que los convertía en un tesoro de un valor extraordinario si consideramos que cada uno de ellos pesaba 1.250 talentos, (unidad de medida muy corriente
en la antigüedad cuya equivalencia era de algo más de 30 kilos), lo que supuso para el rey asirio hacerse nada menos que con casi 75.750 kilos de tan preciado metal. Más tarde (y durante el Imperio Romano), emperadores como Octavio Augusto, Calígula, Claudio o Constantino, como muestra de su poder, también hicieron lo propio, trasladando un buen número hasta la ciudad de Roma, (los cuales eran transportados por el Nilo hasta Alejandría, cruzaban el Mediterráneo en grandes naves, y eran desembarcados en el puerto de Ostia antes de finalizar su trayectoria en la capital de los césares, en la que servían para decorar circos e hipódromos), una ciudad donde en la actualidad aún se conservan trece procedentes de Egipto, y a los que con el tiempo se unieron varios más mandados construir por Adriano o Domiciano.
Estos obeliscos, en su mayor parte derrumbados y olvidados durante siglos, serían restaurados y vueltos a erigir, algunos delante de diversas iglesias (como muestra de la supremacía de la fe cristiana sobre el paganismo) durante los siglos XVI y XVII por papas como Sixto V, Alejandro VII, Clemente XI o Pío VI, y otros simplemente para que sirviesen de adorno de plazas o jardines.
Modernamente, diversos países también lograron hacerse con varios de estos elegantes monolitos, pudiendo verse en nuestros días distintos ejemplares en ciudades como la ya citada París, Londres, Estambul o Nueva York.