Las Mujeres

  Sirvienta vertiendo perfume en las manos de una invitada
Sirvienta vertiendo perfume en las manos de una invitada.
Tumba de Dyehuty. XVIII Dinastía
       Desde prácticamente los orígenes de esta civilización, la mujer egipcia disfrutó de un grado tan completo de independencia y libertad, que ya lo hubieran deseado para sí no solo las madres, esposas e hijas de los hombres que integraban las culturas contemporáneas suyas, sino aún las de muchos países de nuestros días. De hecho, el grado de libertad de que gozaron fue de tal envergadura, que los antiguos griegos, (cultura que se distinguía entre otras cosas por tener a sus mujeres completamente sometidas cual esclavas a los varones), llegaron a pensar que el matriarcado era la institución predominante, una creencia que condujo a que el mismo Herodoto, al hablar del país del Nilo, comentase en un pasaje: “Allí son las mujeres las que venden, compran y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen”.
       En prácticamente ningún momento adversaria o rival del varón, la mujer egipcia tuvo casi siempre la posibilidad de alcanzar las más altas cimas del poder, incluyendo el faraónico o el sacerdotal, por lo que no era raro que su presencia se hiciese moneda corriente en todos los engranajes sociales, pudiendo llegar a ser desde visires, jueces, médicos, escribas, funcionarias de todos los rangos, empresarias, propietarias rurales, pilotos de barco, o jefas de obras, hasta comadronas, nodrizas, masajistas, peluqueras, pedicuras, manicuras, perfumistas, hilanderas, tejedoras, instrumentistas, plañideras, bailarinas o cantoras, un amplísimo abanico de posibilidades laborales que por lógica no podía ser completo, pues como es de prever siempre existían algunas puertas que le estaban vedadas en lo profesional, como las del ejército por ejemplo, o las de aquellos oficios en que por su peculiar constitución física no las hiciera muy aptas para desempeñarlos, oficios tales como tallar la piedra, limpiar el limo del río, o la albañilería en general. Respecto a los salarios, destacar que tampoco tenían en ellos la menor discriminación, siendo equivalentes en todo a los de los hombres.
       Semejante equiparable status social no la libraba sin embargo de acerbas críticas ocasionales por parte de algunos escritores de la época, quienes en diversos textos literarios de carácter moralista, no sabemos si por envidia o maledicencia, presentan una imagen no demasiado halagüeña del sexo femenino, tachando a sus representantes de caprichosas, indiscretas, frívolas, mentirosas o vengativas. De hecho, en enseñanzas como las de Anjsheshonq, se expone que “instruir a una mujer es como plantar en un terreno arenoso cuya superficie es dura”, un acerbo comentario al que se podría añadir la cita existente en el Papiro de Leiden, en el que hablando sobre la naturaleza intrínseca de las féminas se afirma que “no se aprende a conocer el corazón de una mujer lo mismo que nadie conoce el cielo”...
       En cualquiera de los casos, aunque su destacada igualdad respecto al hombre supuso en general una alta y adelantada forma natural de aplicación de la justicia, dicha igualdad podía por el contrario (y desgraciadamente para ella) muy bien volverse en su contra, ya que si una mujer cometía cualquier falta o delito sancionado por la ley, su particular condición frente al sexo opuesto no la eximía de sus consecuencias permitiéndola gozar de privilegios especiales, por lo que el castigo del que se hacía acreedora resultaba penado con la misma dureza.
Campesina portando a su bebé atado al cuerpo  
Campesina portando a su bebé atado al cuerpo.
Tumba de Montuemhat. XXV-XXVI Dinastías
       Cuando se encontraba soltera la mujer egipcia tenía total autonomía jurídica para gestionar sus propios bienes, por lo que en el matrimonio, (al que solían llegar alrededor de los doce o catorce años), lejos de aceptar la imposición de un hombre al que no desease, era ella quien muchas veces pronunciaba la última palabra sobre la elección de su futuro marido, (aunque como una forma natural de respeto hacia los padres existiese la costumbre de solicitar su aprobación), teniendo la facultad de establecer contratos que en ningún momento la perjudicaban ante un posible divorcio, y quedando completamente protegida en caso de enviudar al convertirse en heredera de al menos una tercera parte de los bienes familiares, (los otros dos tercios se repartían equitativamente entre los hijos e hijas de la pareja sin discriminación de sexos), poseyendo plena libertad para manejar dichas posesiones a su antojo aun en el caso de que volviera a contraer un nuevo matrimonio.
       Amante madre y esposa, sabía al mismo tiempo ser elegante y coqueta, resaltando su belleza natural (en función de su poder económico) con vistosas pelucas, ricos vestidos, y variados perfumes y cosméticos, estando educada y capacitada para gozar de su sexualidad de la forma más libre y alegre. La virginidad por ejemplo, algo a lo que multitud de sociedades han dado una importancia suprema, (siendo su pérdida causa detonante de infinidad de dramas), no tenía para los egipcios excesiva importancia.
       Estéticamente admiraron desde antiguo los cuerpos delgados, las caderas algo pronunciadas (sin llegar al exceso), y los pechos pequeños y firmes, sin que por ello se llegase a extremismos de ninguna clase, lo que puede comprobarse a través de algunas estatuas que han llegado hasta hoy de mujeres con una cierta musculosidad o abundancia de carnes. Y en cuanto a los placeres de que solían gozar no había ninguno como el de los banquetes, ya fuera asistir a uno, ya el de organizarlos y prepararlos con todo lo que ello conlleva.
       Por desgracia para ellas, a finales del siglo III antes de nuestra era, durante el gobierno del cuarto de los regentes griegos, Ptolomeo Filopator (221 - 205 a.C.), la mujer egipcia comenzó a perder de manera imparable e irreversible la independencia y prerrogativas de que había gozado en los últimos tres mil años. Fue en ese momento cuando se les prohibió la libertad de establecer por sí mismas acuerdos jurídicos o comerciales, actos que carecerían de validez si no eran refrendados por un tutor. Mas tarde, primero el Cristianismo y después el Islam, continuarían incrementando su sometimiento, para llegar así al estado actual, en el que la mujer egipcia, alejada completamente de lo que antaño fue la forma más natural y lógica de ser y vivir, no es sino la sombra de una sombra de lo que quien sabe si volverá algún día...
BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA
  • ABDEL AZIZ SALEM, EL SARED. “La mujer en el Egipto faraónico”. Revista de Arqueología Nº 1. Zugarto Ediciones S. A. Madrid. 1980.
  • ARNOLD, DOROTHEA / ALLEN, JAMES P. / GREEN, LYN. The Royal Women of Amarna. Images of beauty in ancient Egypt. Metropolitan Museum of Art. New York. 1996.
  • DESROCHES NOBLECOURT, CHRISTIANE. La Mujer en tiempos de los faraones. Editorial Complutense S. A. Madrid. 1999.
  • DI NÓBILE CARLUCCI, LAURA. “La familia en el antiguo Egipto (Primera Parte)”. Boletín de la Asociación Española de Orientalistas. Año XXXI. Asociación Española de Orientalistas. Madrid. 1995.
  • DI NÓBILE CARLUCCI, LAURA. “La familia en el antiguo Egipto (Segunda Parte)”. Boletín de la Asociación Española de Orientalistas. Año XXXII. Asociación Española de Orientalistas. Madrid. 1996.
  • FISCHER, HENRY GEORGE. Egyptian Women of the Old Kingdom, and of the Heracleopolitan Period. The Metropolitan Museum of Art. New York. 1989.
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  • TYLDESLEY, JOYCE. Hijas de Isis. Ediciones Martínez Roca S. A. 1998.
  • VARIOS AUTORES. Catálogo de la Exposición 'Nofret La Bella. La mujer en el antiguo Egipto'. Fundación Caja de Pensiones. Mainz. 1986.
  • WATTERSON, BARBARA. Women in Ancient Egypt. Alan Sutton Publishing Limited. Stroud. St. Martin’s Press. New York. 1991.
Manuel Crenes

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Este trabajo fue publicado originalmente en la web "Egiptología Científica y Divulgativa".