Las Mujeres
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En prácticamente ningún momento adversaria o rival del varón, la mujer egipcia tuvo casi siempre la posibilidad de alcanzar las más altas cimas del poder, incluyendo el faraónico o el sacerdotal, por lo que no era raro que su presencia se hiciese moneda corriente en todos los engranajes sociales, pudiendo llegar a ser desde visires, jueces, médicos, escribas, funcionarias de todos los rangos, empresarias, propietarias rurales, pilotos de barco, o jefas de obras, hasta comadronas, nodrizas, masajistas, peluqueras, pedicuras, manicuras, perfumistas, hilanderas, tejedoras, instrumentistas, plañideras, bailarinas o cantoras, un amplísimo abanico de posibilidades laborales que por lógica no podía ser completo, pues como es de prever siempre existían algunas puertas que le estaban vedadas en lo profesional, como las del ejército por ejemplo, o las de aquellos oficios en que por su peculiar constitución física no las hiciera muy aptas para desempeñarlos, oficios tales como tallar la piedra, limpiar el limo del río, o la albañilería en general. Respecto a los salarios, destacar que tampoco tenían en ellos la menor discriminación, siendo equivalentes en todo a los de los hombres. Semejante equiparable status social no la libraba sin embargo de acerbas críticas ocasionales por parte de algunos escritores de la época, quienes en diversos textos literarios de carácter moralista, no sabemos si por envidia o maledicencia, presentan una imagen no demasiado halagüeña del sexo femenino, tachando a sus representantes de caprichosas, indiscretas, frívolas, mentirosas o vengativas. De hecho, en enseñanzas como las de Anjsheshonq, se expone que “instruir a una mujer es como plantar en un terreno arenoso cuya superficie es dura”, un acerbo comentario al que se podría añadir la cita existente en el Papiro de Leiden, en el que hablando sobre la naturaleza intrínseca de las féminas se afirma que “no se aprende a conocer el corazón de una mujer lo mismo que nadie conoce el cielo”... En cualquiera de los casos, aunque su destacada igualdad respecto al hombre supuso en general una alta y adelantada forma natural de aplicación de la justicia, dicha igualdad podía por el contrario (y desgraciadamente para ella) muy bien volverse en su contra, ya que si una mujer cometía cualquier falta o delito sancionado por la ley, su particular condición frente al sexo opuesto no la eximía de sus consecuencias permitiéndola gozar de privilegios especiales, por lo que el castigo del que se hacía acreedora resultaba penado con la misma dureza.
Amante madre y esposa, sabía al mismo tiempo ser elegante y coqueta, resaltando su belleza natural (en función de su poder económico) con vistosas pelucas, ricos vestidos, y variados perfumes y cosméticos, estando educada y capacitada para gozar de su sexualidad de la forma más libre y alegre. La virginidad por ejemplo, algo a lo que multitud de sociedades han dado una importancia suprema, (siendo su pérdida causa detonante de infinidad de dramas), no tenía para los egipcios excesiva importancia. Estéticamente admiraron desde antiguo los cuerpos delgados, las caderas algo pronunciadas (sin llegar al exceso), y los pechos pequeños y firmes, sin que por ello se llegase a extremismos de ninguna clase, lo que puede comprobarse a través de algunas estatuas que han llegado hasta hoy de mujeres con una cierta musculosidad o abundancia de carnes. Y en cuanto a los placeres de que solían gozar no había ninguno como el de los banquetes, ya fuera asistir a uno, ya el de organizarlos y prepararlos con todo lo que ello conlleva. Por desgracia para ellas, a finales del siglo III antes de nuestra era, durante el gobierno del cuarto de los regentes griegos, Ptolomeo Filopator (221 - 205 a.C.), la mujer egipcia comenzó a perder de manera imparable e irreversible la independencia y prerrogativas de que había gozado en los últimos tres mil años. Fue en ese momento cuando se les prohibió la libertad de establecer por sí mismas acuerdos jurídicos o comerciales, actos que carecerían de validez si no eran refrendados por un tutor. Mas tarde, primero el Cristianismo y después el Islam, continuarían incrementando su sometimiento, para llegar así al estado actual, en el que la mujer egipcia, alejada completamente de lo que antaño fue la forma más natural y lógica de ser y vivir, no es sino la sombra de una sombra de lo que quien sabe si volverá algún día... |
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| BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA | ||||||
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Manuel Crenes |
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Este trabajo fue publicado originalmente en la web "Egiptología Científica y Divulgativa". |