La Fauna
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Entre los animales habituales y domésticos que se daban cita en el país del Nilo, los había para todos los usos o funciones. Así, estaban los destinados a la alimentación, (cabras, corderos o cerdos), los dedicados al transporte, (burros, asnos o bueyes), los empleados en juegos, (monos, perros o gatos), o los usados para la guerra por los estamentos militares, (caballos), unos pequeños pero significativos conjuntos entre los que se podrían citar multitud de especies más, desde los familiares toros o camellos, (aunque estos últimos solo en el Delta), hasta aquellas atípicas variedades que al contrario que hoy en día se criaban en cautividad, como antílopes, gacelas, ciervos, cabras montesas, oryx, búfalos, íbices, garzas reales, grullas, e incluso hienas. Por supuesto, muchos de los nombrados tenían más de una utilidad, como los bueyes o las vacas, que podían emplearse para arar el campo, abonarlo con su estiércol, o proporcionar leche, pero que también podían ser vistos tan solo como una fuente de carne destinada al alimento, en cuyo caso no los hacían trabajar, sino que los cebaban al máximo con bolas de pan, sacrificándolos cuando debido a su volumen casi no podían tenerse en pie, momento en el que aportaban un tipo de carne tan tierna como grasa. Otro tanto ocurriría con los corderos, los cuales amen de formar parte de abundantes y deliciosas dietas, proporcionaban lana, una materia prima con la que se confeccionaban ropas de abrigo aquellos que no pertenecían a la clase sacerdotal, la cual la rechazaba por motivos religiosos. O los perros, que si eran empleados como excelentes compañeros de juegos, también resultaban inmejorables ayudantes en el ejercicio de la caza.
Igualmente importante era la pesca, la cual se llevaba a efecto por medio de arpones, redes de arrastre, o con cañas de pescar, y de la que se extraían entre otros barbos, anguilas, oxirrincos, peces gato, percas del Nilo, mújoles, siluros, o buitrones. En cuanto a las especies temidas por su naturaleza peligrosa y salvaje, si bien los más nefastos por su proximidad y carácter eran los hipopótamos y cocodrilos, tampoco se puede olvidar a depredadores como leones, panteras, leopardos y chacales, o a las silenciosas e imprevisibles serpientes, (como boas, pitones, vívoras o cobras). Lobos, linces, guepardos, mangostas, mandriles, venados, liebres, ratones, murciélagos, camaleones, culebras, erizos, avestruces, buitres, halcones, milanos, lechuzas, ánades, golondrinas, gorriones, alimoches, avefrías, musarañas, lagartijas, ranas o tortugas, complementan sucintamente el amplio espectro de la fauna presente en el antiguo Egipto, un espectro entre el que no se puede olvidar a los muy numerosos y heterogéneos insectos, (como moscas, mosquitos, chinches, hormigas, termitas, langostas, saltamontes, mantis religiosa, escarabajos, libélulas o mariposas), y a los que habría que unir asimismo a escorpiones o cienpiés, unos elementos en conjunto tan insignificantes en tamaño como desagradables y perjudiciales cuando se entrometían en la vida cotidiana, y de los que hay que nombrar como excepción a las muy apreciadas y laboriosas abejas, (a las que denominaban Bit, y que según un mito narrado en el Papiro Bulaq III habrían nacido nada menos que de las lágrimas del dios Ra), las cuales proporcionaban la deliciosa y nutritiva miel a la que tantos usos supieron darle. Sobre los animales domésticos, destacar como detalle adicional y curioso que era habitual que muchas especies compartiesen las viviendas de sus propios cuidadores, especialmente cuando estos últimos eran gentes de bajo status social, ya que al carecer de mejores recursos, se veían en la necesidad de proteger y resguardar de esta forma a quienes tantos bienes les proporcionaban, una costumbre que sin embargo resultaba a veces altamente perjudicial, pues no era raro que en virtud de ello los representantes del mundo faunístico transmitiesen algunas de sus enfermedades particulares a sus protectores, (como la tuberculosis bovina), cuando no se producían desgraciados e imprevisibles accidentes en virtud de tan forzada convivencia. Respecto a las especies mas salvajes, raras o independientes, si bien lo habitual era que se respetara su entorno natural dejándolas que se desenvolviesen en libertad, hubo momentos puntuales en los que sin embargo se buscó la forma de acercarlas al entorno humano, como en los casos de Tutanjamón, Ramsés II, Ramsés III y Ramsés IV, quienes tuvieron alojados en su residencias personales como animal de compañía nada menos que a un león domesticado; el de la reina Hatshepsut, quien mandó construir un pequeño zoológico en el que se podían ver entre otros representantes a leopardos, jirafas, mandriles, así como un buen número de pájaros exóticos traídos desde el País de Punt; o el de Ajenatón, quien de igual modo gozó del privilegio de disponer de una pequeña colección de animales salvajes dentro de un cercado. |
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| BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA | ||||||
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Manuel Crenes |
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