La Escritura
|
||||||
Si bien a lo largo de su historia en Egipto se desarrollaron tres tipos de escritura, ninguna fue tan importante como la primera de todas, la jeroglífica, (nombre que procede de los términos griegos Hieros, sagrado, y Gluphein, grabar, lo que vendría a significar por tanto escritura de los dioses o sagrada, aunque los naturales del país la conocieron como Medu Netcher), ni tan antigua, pues los primeros escritos de que se tiene constancia han sido datados en el III-IV milenio a.C. Constituida por una gran variedad de signos, (unos 700 en su origen y más de 5.000 en la época de la ocupación romana), conforma desde sus inicios un todo homogéneo y completo sin que hasta el momento se haya podido apreciar que su conjunto provenga de una previsible evolución de formas más arcaicas, teniendo desde esos comienzos la capacidad de captar merced a su concurso realidades tanto concretas como abstractas, y siendo útil para trasmitir toda clase de conocimientos: medicina, farmacopea, mitología, magia, astronomía, arte de la adivinación, educación, agricultura, balances de contabilidad o administrativos, leyes, anales, cocina, etc, así como para el desarrollo de todas las formas posibles de literatura: cuentos o novelas históricas, romances de aventuras, cantos de amor, poesías épicas, máximas filosóficas, himnos religiosos, fábulas, escritos de alabanza al monarca, o correspondencia entre particulares. Sobre la forma de plasmarla podemos decir que no tenía un patrón fijo, ya que puede leerse de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, o de arriba a abajo, (la cabeza de un pájaro o de una persona dentro de los textos suelen indicar la orientación: hay que observar hacia donde miran las caras humanas o cual es la dirección del pico de las aves, aunque a veces esos mismos elementos se orientan en la dirección de figuras de dioses o faraones cuando están cerca de ellos). Los signos que la componen, como no podía ser de otro modo, son variadísimos, encontrándose entre ellos imágenes de deidades, representaciones humanas, (tanto masculinas como femeninas), partes del cuerpo humano, (brazos, piernas, manos, ojos, orejas...), animales, (mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces, insectos...), partes de esos mismos animales, (cabezas, cuernos, patas, órganos internos, plumas...), objetos de uso diverso, (barcos, herramientas agrícolas, vasijas, armas, vestidos, instrumentos musicales...), símbolos de poder u ornamentales, (coronas, cetros, bastones de mando, adornos...), elementos de la naturaleza, (el cielo, el sol, una estrella, una montaña, el horizonte), edificios o fragmentos de ellos, (muros, escaleras, puertas, pabellones, capillas...), árboles y plantas, elementos funerarios, e incluso, simples figuras geométricas. En cuanto a los textos en sí, destacar como características adicionales que carecen de vocales, (aunque a ciertos signos se les otorga el valor de "semivocales"), y que no existen separaciones entre las palabras, dos elementos que en conjunto dificultan más si cabe su compleja interpretación. La escritura jeroglífica consta de tres tipos de signos: los Pictogramas o Ideogramas, (unas representaciones que en combinación con otros signos, expresan desde términos concretos hasta conceptos o ideas); los Fonogramas, (transposición de sonidos simples equivalentes a nuestras letras del alfabeto); y los Determinativos, (signos especiales que tienen como misión clarificar el significado de los objetos o seres de los que se esté tratando), unos signos que en determinados contextos se pensaba que podían llegar a tener un cierto tipo de “vida propia”, razón por la cual por ejemplo en los “Textos de las Pirámides” algunos jeroglíficos que representan a animales peligrosos (tales como leones, escorpiones o serpientes) aparecen cortados, mutilados, o con un cuchillo clavado sobre sus cuerpos, todo ello con el fin de que “no causaran daño al propietario de la tumba”.
Para el desarrollo de la escritura se emplearon gran variedad de materiales, desde tablillas de madera, cuero, huesos de animales o planchas de barro cocido, hasta distintos tipos de piedras, algunas de gran dureza como la diorita o el granito. Sin embargo el elemento base más empleado de todos fueron unas hojas confeccionadas con un tipo especial de cañas, (Ciperus Papyrus), las que darían el nombre a este material: el papiro. De gran valor por su escasez, su manufactura era monopolizada por el estado, quien al exportarlo a toda la cuenca del Mediterráneo lograba con ello una importante fuente de ingresos. Y otro material asimismo destacable fue un tipo especial de tejas de caliza llamadas ostraca, las cuales gracias a un costo considerablemente más reducido que el anterior se empleaban tanto como soporte en el que realizar prácticas a la hora de aprender a escribir, como para tomar apuntes, notas, o realizar esbozos de dibujos, si bien en algunos de estos fragmentos se llegaron a plasmar de igual modo importantes textos literarios. En cuanto a los útiles de escritura propiamente dichos solían emplearse unas varillas de caña o madera de unos 20 a 25 cms. de longitud. La tinta negra se hacía con hollín, agua y goma arábiga extraída de la acacia, y la roja con polvo de cinabrio, sulfuro de mercurio, minio y óxido de plomo. Tras las sucesivas conquistas sufridas por parte de civilizaciones ajenas al país del Nilo, Egipto tuvo que contemplar impotente la progresiva desaparición de las gentes conocedoras de las antiguas escrituras, un hecho irreversible que se terminó de materializar cuando ya en época romana el emperador Justiniano dio orden de cerrar los últimos templos que aún permanecían abiertos, datándose la última inscripción que se conserva del año 394 de la era cristiana, inscripción que sería grabada en el templo de Filé. Durante siglos, aquel sagrado conocimiento permanecería condenado al olvido, mientras los mudos textos plasmados en los soportes más diversos, desde la piedra de los templos o las estatuas hasta los humildes papiros enterrados en miles de tumbas, esperaban momentos mejores en que algún ser humano, con su sed inagotable de conocimientos, volviera a despertarlo. Sería por fin en el año 1.822 cuando el extraordinario lingüista Jean François Champollión, merced a una estela trilingüe descubierta en la ciudad de Rosetta, (ciudad situada a 70 kms. al este de Alejandría), conseguiría dar nueva luz donde todo era oscuridad, y permitir al mundo moderno volver a leer y entender el viejo lenguaje de los faraones. |
||||||
| BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA | ||||||
|
||||||
Manuel Crenes |
||||||
Este trabajo fue publicado originalmente en la web "Egiptología Científica y Divulgativa". |